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Contagio semántico


Francisco Díaz Montilla

En Rewriting the Soul, el filósofo canadiense Ian Hacking introdujo el término contagio semántico (semantic contagion) para referirse a la forma en la que la identificación y descripción pública de una condición (acción) crea los medios para su propagación. Ocurre cuando una (nueva) descripción influye en nosotros para reclasificar (etiquetar) las acciones de los demás.



Casos de contagio semántico hay muchísimos, pero tal vez sea el político el contexto donde más expuestos estamos a padecer sus “efectos”. Aunque los medios de contagio son diversos, al menos dos son fundamentales para ello: los medios de comunicación y más recientemente las redes sociales. 

Si el proceso de contagio no tuviera un efecto mayor al de generar opinión pública, no habría mayor problema. Pero no podemos ser tan ingenuos: hay una relación muy estrecha entre opinión y acción. Por eso, cabe preguntarse si las redes sociales y los medios de comunicación son epistémicamente seguros. Tengo serias dudas al respecto, pero ese sería tema para otro escrito.

Hace algunos meses se dieron en el país dos situaciones en las que desde las redes sociales y desde los medios de comunicación fuimos expuestos a un contagio semántico. La primera de ellas fue el conflicto entre el Suntracs y la Capac; si nos ceñimos a los comentarios vertidos por algunos periodistas tanto en medios de comunicación (periódico, radio y televisión) como en redes sociales, una cosa es clara: los obreros y/o su dirigencia son enemigos de la clase media, pues a causa de su egoísmo los “clasemedieros” no podrán comprar una vivienda decente en la que vivir debido a los altos salarios que recibirán aquellos. Y a propósito de salarios, un obrero no puede aspirar a tanto. 

La segunda fue el anuncio del expresidente Martinelli en el que comunicó la renuncia a sus pretensiones por resolver en los tribunales estadounidenses y que se acogería -como en efecto hizo- a la extradición hacia Panamá. En principio no hay nada reprochable en que los medios y las redes sociales se hicieran eco de la decisión tomada. El problema es que la decisión per se pasó a un segundo plano y en su lugar afloraron diversas conjeturas sobre el sentido, propósito, efectos, etc. de tal decisión, enfocadas todas ellas a sembrar fundada o infundadamente la idea (creencia) de que dicho señor sigue siendo un referente político que tiene la capacidad de influir decididamente en los resultados de las elecciones de 2019.

Yo personalmente no creo que los obreros y/o su dirigencia sean enemigos de la clase media; creo -sí- que hicieron uso de mecanismos establecidos en la ley para lograr objetivos compatibles enteramente con la Constitución. En cuanto a los precios del sector inmobiliario, es parte de una dinámica que en una sociedad de libre mercado (¿tal cosa existe?) no puede ser controlada, a menos que seamos defensores (radicales o moderados) del intervencionismo estatal. ¿Debe el Gobierno aplicar un control de precios inmobiliario?

Tampoco creo que el expresidente Martinelli sea una figura relevante en sí mismo; por el contrario, su relevancia es proporcional al reconocimiento social que le demos: su vigencia es en gran medida producto de los medios, que al minúsculo pedo del señor arman una alharaca cósmica. Pero además, si su condición de presidente en 2014 no fue suficiente para garantizar la continuidad de su partido en el poder,  es menos probable que desde donde se encuentra haya garantías para la vuelta de sus copartidarios al gobierno ahora que ni controla el partido ni goza de las libertades (poder) que entonces tenía.

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