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Abstracción y pensamiento lógico

 Francisco Díaz Montilla

De acuerdo con la teoría piagetiana, el desarrollo cognitivo de los individuos se desarrolla en cuatro etapas: la etapa sensoriomotora (0-2 años), la epata preoperacional (2-7 años), la etapa de las operaciones concretas (7-11 años) y la etapa de las operaciones formales. Esta última se alcanza a los 11-12 años y lleva a la lógica del adulto.

En la etapa de las operaciones formales, la capacidad de pensar es abstracta, hipotética y deductiva, es decir, alcanzada esta etapa, el sujeto o agente prescinde de las cosas para razonar. Atrás quedan las referencias a los objetos concretos, el sujeto puede elevarse sobre la materia prima de los datos empíricos, formular hipótesis generales, extraer conclusiones a partir de ellas de acuerdo con estándares lógicos y contrastarlos empíricamente.

Es un error, sin embargo, pensar que todo individuo ‘alcanza’ esos estadios de la misma manera en el mismo tiempo, en los mismos contextos culturales. La teoría piagetiana es una teoría empírica y –como tal– no escapa a ciertas idealizaciones que han de ser cumplidas. La teoría, por tanto, tiene sentido solo bajo supuestos ceteris absentibus. En la práctica, que usted haya alcanzado y superado los dieciocho años no quiere decir que ha alcanzado el estadio de las operaciones formales ni que la alcance: su capacidad de razonamiento abstracto, hipotético o deductivo podría seguir anclada en el periodo o etapa de las operaciones concretas debido a diversos factores condicionantes (psicológicos, culturales, biológicos).

Pienso que mucho de esto ocurre con los estudiantes que ingresan a las universidades, y no solo con los que ingresan, sino con muchos de los que logran terminarla. Por diversos factores su pensamiento no madura suficientemente, no terminan de transitar plenamente desde las operaciones concretas a las operaciones formales.

Hace algunos años, un grupo de investigadores realizó una investigación en la que se expusieron las dificultades de estudiantes de últimos años en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Panamá para seguir instrucciones relativamente complejas. Si uno parte del supuesto de que hay una relación entre seguir una instrucción y comprender el lenguaje en el cual se da la instrucción, podría asumir que el fondo del asunto tiene que ver con un insuficiente desarrollo de la capacidad de abstracción; en un escenario así, no se puede realizar nada que no sea tangible, nada que -en cierta forma- no esté a la mano.

Los docentes tenemos ciertas expectativas con respecto ‘al nivel’ de los estudiantes, pero -al margen de ello- ¿en qué nivel nos encontramos los docentes? ¿Somos realmente mejores razonadores en el sentido formal que nuestros estudiantes o estamos igualmente expuestos a (sus) limitaciones?

Los humanos somos razonadores naïve, no somos inmunes al error ni a los sesgos ni a la confianza en la autoridad ni a lo que Kahneman (Thinking, Fast and Slow) llama ilusión de validez.

Si se parte de lo anterior, entonces no habría razones para pensar que necesariamente la condición cognitiva del docente está en una mejor posición epistémica que la de sus estudiantes. Podemos asumir que lo está, pero -repito- podría no estarlo. Y no me refiero, simplemente, al manejo de datos o información, que podría ser abismalmente mayor, desde luego, sino a las ‘habilidades lógicas’ que le permitan optimizar desde una perspectiva cognitiva o epistémica, dicha información.

Hace algún tiempo distribuí una encuesta en el cual participó un grupo de personas, adultas todas, estudiantes universitarios y el resto, profesionales, con grado mínimo de licenciatura, en la cual se planteaba un problema de razonamiento sobre cómo la incorporación de nueva evidencia afectaba a un argumento deductivamente válido. Sabemos que, por la propiedad de monotonía, un argumento deductivamente válido es inmune a nueva evidencia.

Los resultados arrojados podrán no ser estadísticamente significativos, pero no dejan de ser sugerentes como punto de partida para una investigación más profunda y detallada. De los estudiantes, dos de cuatro (50%) identificaron correctamente la respuesta, mientras que, entre los profesionales, solamente lo hicieron tres de diecisiete (17.6%). Como sea, el resultad global apunta a que solo el 29.4% de los adultos (todos eran mayores de edad) identificó la respuesta correcta.

Poniendo entre paréntesis la representatividad estadística, ¿suponen estos resultados un problema o limitación en el desarrollo de la capacidad de razonamiento de los adultos en Panamá? Ojalá alguien se anime a indagar con mayores detalles.

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